Los lugares y los amigos

Cuando era pequeña, todos los niños y niñas con los que me cruzaba eran potenciales amigos. No había muchos filtros, no había prerrequisitos. Me acercaba a alguien en la orilla del mar y le preguntaba ¿Querés ser mi amiga? Y la respuesta siempre fue sí, según recuerdo.

Con los años, mis amigos y amigas fueron elegidos con un poco más de criterio que la simple situación geográfica favorable. Es más, muchos de mis amigos y amigas viven lejos, muy lejos. Aún así, a muchos de ellos los he conocido de una manera bastante similar a cuando tenía cuatro, cinco años. Sin embargo, la amistad se construye con el tiempo, de manera casi imperceptible. Aunque muchas veces conozco a alguien que, de un momento a otro, dice o hace algo que me hace pensar “Mmm, creo que este puede ser el comienzo de una linda amistad”.

Con los lugares me pasa un poco lo mismo. Con algunos tengo amistad de construir un castillo en la arena y no volvernos a ver nunca más; con otros es una amistad instantánea que puede o no perdurar; y, como con mis amigos, a veces descubro algún aspecto de una ciudad, de un país, que me dice “Este es un buen lugar para quedarse un rato” y construir algo más que un castillo que se va con la primera ola atrevida.

Me pasó en Río de Janeiro, cuando el primer domingo fui a ver una roda de samba en el barrio de Santa Teresa y vi a una señora de noventa años sambar como si tuviera veinte. Me pasó en Berlín, volviendo a la madrugada con mi amiga Kris después de una noche que había empezado casi al mediodía del día anterior. Y me pasó ahora en Estonia, al recorrer Saaremaa, la isla más grande del país.

Llegué a Kuressaare y, mientras esperaba que mi anfitrión de couchsurfing terminara de trabajar, me fui a dar un paseo por la pequeña ciudad y terminé en el parque del Castillo. En los tres días que estuve en Kuressaare visité el parque tres veces. El lugar entró en mi lista de parques preferidos del mundo mundial.

Pero el momento de la verdad llegó cuando salí de la ciudad, hacia un pequeño pueblo de la isla, donde todo empezó.

Durante dos días no hice otra cosa que ver paisajes maravillosos, bosques interminables, ciervos que cruzan caminos, torres de piedras que buscan encontrar su balance, cabañas abiertas al público para pasar la noche, mar mucho mar. Me emocioné hasta las lágrimas en varias ocasiones, abrumada por tanta belleza.

Fue así que después de casi un mes en Estonia, me animé y le pregunté: ¿Quéres ser mi amiga?

Si querés saber cómo terminé acá, podés leer esta entrada. Y si querés planificar tu próximo viaje, recomiendo empezar por acá.

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